A/HRC/48/78
blancos. Se observaba una mayor propensión de los afroamericanos a padecer enfermedades
preexistentes que los hacían más vulnerables al contraer la enfermedad, y la desigualdad en
el acceso a atención médica de calidad no hizo sino agravar la situación. Un factor importante
que contribuía a la desproporcionada prevalencia de enfermedades preexistentes en la
población negra de los Estados Unidos era la probabilidad mucho mayor de exposición a
riesgos ambientales. En su reciente libro, From Here to Equality: Reparations for Black
Americans in the Twenty-First Century, el Sr. Darity había catalogado una serie de amenazas
ambientales para la salud de la población negra, entre ellas una mayor probabilidad de vivir
en comunidades situadas cerca de lugares donde había desechos peligrosos, de exposición a
intoxicaciones por dióxido de nitrógeno, de carecer de agua potable y de un saneamiento
adecuado, y de vivir en entornos donde estaban radicadas empresas altamente contaminantes,
que emitían agentes cancerígenos al aire circundante. En última instancia, el bajo nivel
económico era la enfermedad preexistente de la que surgían gran parte de los problemas que
afectaban a las vidas de la población negra en los Estados Unidos. Un plan de acción
adecuado para cerrar la brecha de riqueza entre los blancos y la población negra —un plan
de reparaciones— le costaría al Gobierno federal no menos de 14 billones de dólares.
46.
El Sr. Darity argumentó que un plan de reparaciones estaba justificado, ya que las
políticas del Gobierno federal habían creado una brecha de riqueza de sesgo racial en los
Estados Unidos. Al final de la Guerra de Secesión, se prometió a las personas que antes
habían sido esclavos –y que prácticamente carecían de bienes– la dación de parcelas de tierra
de 40 acres como restitución por sus años de esclavitud, a fin de posibilitar su participación
en la sociedad como ciudadanos de pleno derecho. No obstante, el cumplimiento de esa
promesa —deliberadamente— nunca se consumó, con lo que la plena ciudadanía tampoco
se logró. Al mismo tiempo, y en virtud de la Ley de Propiedad Familiar (Homestead Act)
de 1862, el Gobierno federal inició la concesión de tierras de 160 acres a más de 1,5 millones
de familias blancas en el oeste del país para conseguir que los colonos terminasen de ocupar
el territorio de la nación. Entre el final de la Guerra de Secesión y la Segunda Guerra Mundial,
la comunidad negra fue objeto de más de 100 masacres perpetradas por terroristas blancos en
todas las regiones del país, como la de Wilmington en 1898 o la de Tulsa en 1921. Los
disturbios auspiciados por blancos se cobraron innumerables vidas en la comunidad negra,
bloquearon la participación política de sus miembros y provocaron la destrucción de
propiedades de esas personas o su usurpación por parte de blancos mafiosos. Se negó a los
integrantes de la comunidad negra la posibilidad de acumular riqueza, y el Gobierno federal
fue cómplice al hacer caso omiso de la situación o al apoyar a los alborotadores blancos.
A finales del siglo XIX, las políticas gubernamentales de acumulación de riqueza se
centraron en la distribución de tierras, y en el siglo XX pasaron a gravitar en torno al acceso
a la propiedad de la vivienda. En ambos casos, los programas federales fomentaron la
acumulación de riqueza por la población blanca, mientras que agravaban la desacumulación
de la riqueza entre las personas de raza negra. La aplicación discriminatoria de las
disposiciones relativas a la compra de vivienda contenidas en la base legislativa de la
Administración Federal de la Vivienda y de la Ley de Reajuste de los Militares (más conocida
como “GI Bill”) dio a los estadounidenses blancos otro importante impulso en la adquisición
de propiedades, mientras que se negaba a los afroamericanos un acceso comparable a los
mismos recursos. Puesto que las políticas federales de los Estados Unidos hicieron que
apareciese una brecha de riqueza de sesgo racial, había de ponérsele remedio empleando esas
mismas herramientas. El Gobierno federal, en su dilatado camino hacia la reparación y la
justicia, debería aplicar un plan de reparaciones para los afroamericanos que incluyera tres
elementos fundamentales: centrarse como beneficiarios elegibles en los afroamericanos
descendientes de personas esclavizadas en los Estados Unidos; eliminar por entero la brecha
racial en materia de riqueza, con el fin de proporcionar a los estadounidenses de raza negra
la base material para la plena ciudadanía; y abonar pagos directos a los beneficiarios que
reunieran los requisitos, de manera similar a las prácticas de restitución que se habían
aplicado en otros lugares.
47.
José Luis Rengifo Balanta, defensor de los derechos humanos y miembro de la Mesa
Ambiental y de Derecho del Pueblo Negro de Colombia, destacó que los afrodescendientes
de Colombia, al igual que los de otras partes del mundo, habían sufrido enormemente el
racismo estructural y ambiental y el capitalismo salvaje. Los territorios ancestrales, los
recursos naturales, el agua y los bosques de las comunidades afrodescendientes estaban
GE.21-09167
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