A/HRC/56/61
mundial ha sido responsable del 23 % del aumento total de las emisiones desde 1990
(mientras que el 50 % más pobre solo ha sido responsable del 16 % de todo el crecimiento
de las emisiones); la mayor parte de las emisiones de los m��s ricos proceden de sus
inversiones, y no de su consumo54.
35.
En tercer lugar, la reducción de las desigualdades pondría freno a los estilos de vida
más insostenibles, que solo pueden permitirse los segmentos más ricos de la población,
localizados sobre todo en los países ricos. A escala mundial, el 10 % más rico de la población
del planeta (cuyas dos terceras partes viven en regiones de renta alta) contribuye a entre el
36 % y el 45 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, mientras que las
emisiones derivadas del estilo de vida de los ciudadanos de renta media y más pobres de las
economías emergentes son entre 5 y 50 veces inferiores a las de sus homólogos de los países
de renta alta55. El problema no radica solo en la riqueza de las élites, debido al tipo de patrones
de consumo que permite, sino en la propia desigualdad, que fomenta la competencia por
alcanzar cierta posición social a través del consumo material. De hecho, a partir de cierto
nivel de riqueza individual, queremos cosas materiales no por la comodidad que nos
proporcionan, sino por el mensaje que enviamos a quienes nos rodean: las sociedades
desiguales alimentan una carrera permanente por el estatus social a través del consumo 56. Por
el contrario, en las sociedades más igualitarias, o en las sociedades en las que el
posicionamiento social puede indicarse por medios distintos del consumo, el crecimiento
necesario para alimentar el ciclo trabajo-gasto-consumo se hace menos indispensable57.
36.
En cuarto lugar, las desigualdades de ingresos y riqueza tienen consecuencias
políticas. El dominio económico se convierte fácilmente en influencia política, lo que permite
a los grupos más ricos de la población y a los actores económicos más poderosos vetar
cualquier cambio que pueda cuestionar el statu quo del que se benefician58. Además, en las
sociedades más desiguales, la participación cívica suele ser menor, y las diferencias en el
acceso a la información y al poder disuaden a las personas en situación de pobreza de
movilizarse, aunque son las más afectadas por la falta de acción frente a problemas como la
contaminación del aire y el agua, contra los que no pueden protegerse59.
37.
Así, las desigualdades conducen a un círculo vicioso. Llevan a una financierización
de la economía, que es una de las principales fuentes de aumento de las emisiones de gases
de efecto invernadero, y estimulan la adopción de hábitos de consumo por parte de los ricos
(casas más grandes, automóviles más potentes, viajes exóticos) que compiten contra las
comunidades marginadas y los hogares de bajos ingresos por el uso de unos recursos escasos.
Esas comunidades y hogares salen perdiendo en esa competición y, en última instancia,
pueden verse en la imposibilidad de satisfacer sus necesidades, incluso en situaciones en las
que, de otro modo, los recursos serían suficientes para garantizar un nivel de vida digno para
todos. Los estilos de vida de los ricos, impulsados por la competencia por el estatus social y
el consumo ostentoso, alimentan el modelo consumista de nuestro actual sistema económico
mundial, que necesita producir y comprar cada vez más bienes de consumo para sostener el
crecimiento económico. Estos estilos de vida son totalmente incompatibles con la necesidad
de reducir las presiones ambientales. Sin embargo, al controlar los activos, los poderosos
agentes económicos, que prosperan con el statu quo, pueden vetar cualquier reforma
significativa que amenace su posición dominante.
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GE.24-07068